martes, 2 de febrero de 2010

Jueves, triste, frio, lluvioso, aburrido. Me reecuentro con una vieja amistad, evito saludarla, hoy no me apetece hablar con nadie, ni tengo fuerzas para esbozar una sonrisa. Pero corre hacia mí, entusiasmada, eufórica, hacía mucho que no nos veiamos. Me pregunta por mí y por mi vida, seguramente le importe una mierda, pero siempr viene bien tener información nueva para cotillear cuando de la vuelta a la esquina. Aún no me ha preguntado por él, pero la veo venir, es inevitable, y plaf!, lo suelta de sopetón, clavandose como un puñal '¿Qué tal estais? ¿Seguís juntos no?' se hace el vacio. Me hace una mueca, no sé que significa, pero prefiero no interpretarla, ultimamente estoy muy mal tomada. De mi boca sale un 'no', tembloroso y profundo. Al fín me cosigo librar de mi vieja amistad. Continuo mi camino. Sin rumbo. Hacia la nada. Busco su mirada entre los ojos de la gente, los intermitentes de los coches, los semáforos en rojo. Subo el volumen de la música. Suena la canción. Nuestra canción. Apreto los puños, las uñas se clavan, pero no duele, no es eso lo que duele. Cierro los ojos para evitar cualquier fuga de agua. Me vienen recuerdos. Cruzo de acera. Besos. Caricias. Palabras. Voy en dirección al parque, miro a los niños con cierta envidia y me siento en el banco, en el mismo banco que me senté con él un día y me estremezco. Dos gotas de agua salada resbalan por mis mejillas, y rompo en llanto, frágil, sin fuerzas y vulnerable.